La liberación sexual de los 60 y 70 llegó a niveles inimaginables para generaciones anteriores. Hoy nos enfrentamos a una revolución del mismo tipo, pero que parte desde otros valores. El amor propio y la comodidad con nuestro cuerpo son los motores de la revolución sexual de los últimos años. 

Por: @beluprieto | fotos: Unsplash 


“¿No te vas a poner corpiño?”, me preguntó mi mamá al entrar a mi cuarto y verme frente al espejo. Estaba haciendo un último chequeo antes de salir a comer con mis amigas. Claramente no me iba a poner corpiño.

Su cara de asombro y leve desaprobación apareció después de escuchar mi “no”. Ella jamás saldría de casa sin corpiño. Es más, tampoco saldría si la remera que eligió tiene un escote muy pronunciado o si el vestido que se puso es algo traslúcido. La solución era cambiarse la remera, ponerse otro vestido abajo. Lo que sea para taparse.

Antes era que no se me vieran los breteles del corpiño. Ahora es que me ponga corpiño.

No me malinterpreten. Mi mamá me hace esas preguntas o comentarios, pero jamás me obligó a hacer nada. Y ahora que ya tampoco podría obligarme, solo nombra la posibilidad de usar corpiño al pasar, a sabiendas de que no voy a usar uno. Si no quiero usar corpiño, no lo uso.

Lo curioso, para mí, es que sea algo tan llamativo para ella. La diferencia generacional es evidente. El cambio de ideologías y mandatos es cada vez más notorio. ¿Por qué hay que usar corpiño? ¿Por qué le hicieron creer a mi mamá y a las mujeres de su generación y de generaciones anterior que era necesario usar corpiño… que era necesario tapar nuestros cuerpos como si fueran sexuales inherentemente?

La sexualización de nuestros cuerpos es justamente eso: sexualización. Es algo construido, un valor puesto y, a veces, impuesto. Como dije, no es algo inherente.

Somos sexuales cuando queremos serlo. Y si decido mostrar un poco más mis tetas porque tengo un top que me queda cómodo sin corpiño, ¿cuál es el problema? Yo creo que parte de construcciones sociales. Pero hoy, gracias a la revolución sexual y silenciosa a la que aludo en el título de esta nota, mis amigas, mi hermana más chica y yo nos sentimos más cómodas con nuestros cuerpos.

Las mujeres de mi generación demostraron que podemos mostrar nuestro cuerpo y que podemos “usarlo” como nos plazca. Podemos tener sexo si queremos y no tenerlo si no queremos. Parece algo obvio, ¿no? Bueno, antes no lo era.

Hablo de la revolución sexual actual como un movimiento silencioso no porque sea oculto o débil – es más, es todo lo contrario –, sino que elijo ese término porque comparo la actualidad con la revolución sexual de los 60 y 70, en la que hombres y mujeres llegaban al punto de recluirse en sectas donde el motor predominante era el sexo.

Hoy nuestra revolución sexual parte del amor propio, de sentirse cómoda con el cuerpo de una más allá de los valores de belleza hegemónicos. De usar corpiño si querés, y si no querés no. Porque esas restricciones impuestas por la sociedad son innecesarias y no parten más que de ciertos elementos de opresión hacia las mujeres, que – gracias a las feministas que luchan y luchamos por la libertad sexual y la igualdad de derechos – cada vez nos afectan menos.

Decido no usar corpiño. Eso es lo importante: DECIDIR.

Espero que llegue un día que mi mamá pueda superar los mandatos impuestos sobre ella durante su crecimiento y, si no quiere usar corpiño, decida no usarlo también.