Es médico especializado en psiquiatría y psicoanálisis, escritor, dramaturgo e historiador. Lleva la bandera de la corriente revisionista de la historia y en su tarea de reinterpretar la versión oficial de los hechos, escribió una obra de teatro que fue llevada al cine: El encuentro de Guayaquil.


Texto: Florencia Garibaldi / Foto: Pachanga


¿Cómo se dio en tu vida el viraje de la medicina a la escritura?

Siempre tuve pasión por lo artístico. Antes de ser médico escribía vergonzosamente. Mi graduación como escritor sucedió en una época de hippie que tuve en Europa cuando conocí al gran Miguel Ángel de Asturias (escritor) a quien admiraba. Un día tuve el atrevimiento de mostrarle algunos cuentos míos y me hizo elogios y recomendaciones. Eso fue reconocerme a mí mismo. Además, él me presentaba como el escritor argentino y eso fue un gran estímulo para mí. Después me animé a ir por mi primera novela, “Copsi” (1973), que la editó Tomás Eloy Martínez (escritor y periodista), el otro empujador que inclusive financió la edición. Luego vino la serie de cuentos, “La Seducción de la Hija del Portero” (1975), que fue muy escandaloso y considerado pornográfico. Lo siguiente fue el teatro con Escarabajos (1976), una obra que tuvo mucha suerte a pesar de haber sido estrenada en las peores condiciones. Trataba sobre la violencia en pleno lopezreguismo y la AAA (La Alianza Anticomunista Argentina).

Llegaste a la historia y publicaste el libro “Juana Azurduy, la Teniente Coronela” con material recopilado en tu paso por la embajada de Bolivia. ¿Qué te sedujo del revisionismo histórico?

Llegué ingenuamente. Después de “Juana Azurduy” (1994) apareció “El Grito Sagrado” (1997) que es una historia de las campañas en el Alto Perú. Me ocupé entonces de investigar aquellas cosas de la historia que me habían contado y que no estaban registradas. Tenía la idea de que habían sido olvidos o de que no había sido comprendida la situación. Después me di cuenta que esas distorsiones eran voluntarias y responden a un plan ideológico político. Cuando los vencedores de la guerra civil, los unitarios re bautizados liberales, escribieron la historia muy inteligentemente se dieron cuenta que la historia es un aparato ideológico del estado muy eficaz como dice Louis Althusser (filósofo). Escribieron todo según su ideología liberal, porteñista, anti popular, que es el pensamiento único desde la batalla de Pavón, desde que Justo José de Urquiza le entregó a Bartolomé Mitre la organización nacional. A partir de sus arbitrariedades, surge el movimiento revisionista. Es decir, la imposición de revisar la historia. El primero fue Juan Bautista Alberdi cuando se peleó con Mitre y  Domingo  Faustino Sarmiento y les dijo que establecían un despotismo turco en la interpretación de la historia. Después vino Antonio Saldías que era amigo de la oligarquía dominante, era parte y decidió escribir un libro sobre Juan Manuel de Rosas. La hija de Rosas le permitió acceder al archivo y armó un libro que se llama “Historia de la Confederación Argentina” y le valió la repulsa de los propios. Mitre le dijo: “Hay que ser leal con los nobles obvios”.   

Estuviste a la cabeza del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, que mediante decreto el presidente Mauricio Macri lo disolvió. ¿Por qué la corriente revisionista despierta tanta oposición?

Una de las primeras acciones de este Gobierno fue clausurarlo. Con el pretexto del pluralismo, curiosamente cerraron el único instituto nacional, que mal que bien, representaba a una de las dos corrientes históricas, que son la corriente liberal conservadora o la revisionista. La acción menos pluralista. El revisionismo es complicado, tiene un antagonismo muy fuerte de la historia oficial. No es tanto por convicción sino por temor a perder el aparato, el sistema formal. En eso entran las academias, las cátedras. El revisionismo ha tenido gran oposición como fue muy claro cuando me puse a la cabeza en esta nueva etapa y fui muy atacado e injuriado. Sin embargo, el revisionismo ganó la calle. Pero a nivel político si vos no ponés en toda la ciudad una sola calle con el nombre de un caudillo federal, estás estableciendo tu postura hacia el proyecto federal. En las provincias sí hicieron cambios porque están hartas de entenderse a través de la historia porteñista.

¿Qué desarrolla la película de aquella reunión de 1822 entre José de San Martín y Simón Bolívar?

Se tomó como base mi obra de teatro. Siempre nos dijeron que la entrevista entre San Martín y Bolívar fue misteriosa. Pero es muy clara, obvia. Lo que pasa que los que escribieron la historia se sentían en culpa por no haberle enviado a San Martín ayuda. Rivadavia lo dejó en el desamparo total. Ni siquiera los delegados le mandaron. Estaba rodeado por 20 mil soldados del rey de España dirigidos por el General Canterac, era parte de los generales que terminadas las guerras napoleónicas habían venido a sustituir a los improvisados generales que había. Si caía Lima, todos los movimientos independentistas de América estaban en peligro. No le quedó otra que reunirse con Bolívar y solicitarle ayuda. Para Bolívar bajar a Perú fue un hecho de disposición patriótica porque descuidó su espalda teniendo insurrecciones. El eje principal del encuentro fue pensar cómo hacían para que estas nacientes naciones no volviesen a caer en manos del Imperio. Había dos propuestas para establecer una autoridad superior que pudiese controlar la anarquía que había en los procesos independentistas. San Martin proponía monarquía constitucional, mientras que Bolívar una dictadura vitalicia en la que él sería la cabeza.      

En relación a la situación política actual y al caso José López, ¿por qué hablás de una patología cancerosa de la corrupción?

Adherí al gobierno de Cristina porque me interesaba la propuesta ideológica y discursiva, porque tenía leyes sociales importantes, política exterior independiente, reconstrucción simbólica de la Patria Grande. Pero es incomprensible que se haya manchado ese proyecto con niveles de corrupción tan grandes. No sé si la ex presidenta fue parte pero no hubo el control que hubiera sido necesario. Dije alguna vez que Cristina (Fernández) debía pedir perdón, me refería a los jóvenes que adhirieron. La sociedad argentina vive una desilusión. Hubo un regreso de la juventud a la política, después de la situación traumática que vivió con la dictadura. Pasaron años en los que era evidente que comprometerse era peligroso. Una desilusión que no es sólo de un político, sino de la política. Si la juventud se convence que la política es un lugar de chorros, de corruptos, que sólo sirve para superar situaciones personales, un país descreído de la política es un país muy debilitado. En la base de esta terrible corrupción está la idea de que la política tiene que ser financiada y que un movimiento popular no debe quedar a la merced de los movimientos oligárquicos y así aparece una justificación de los ceros de más que se llevan.