El catálogo de Ikea para 2017 vuelve a sacar a la luz el tema del aprovechamiento de espacio, de la condena que cae sobre los jóvenes y que los obliga a habitar en viviendas cada vez más pequeñas. Sobre todo en las grandes ciudades. No obstante, si algo caracteriza al humano posmoderno, es su capacidad para darle la vuelta a un inconveniente y convertirlo en un rasgo positivo y explotable. Que sea cierto o no ya es otro cantar.

El libreto sueco aborda las descripciones de sus muebles con una felicidad publicitaria casi convincente, como se cuenta en este artículo de John Brownlee, e intenta eludir la triste realidad: la mayoría de gente vive en apartamentos lata porque no le queda otra. No obstante, hoy hay personas que abogan por habitar en espacios minúsculos por razones que trascienden lo económico. El Tiny House Movement (el movimiento de las microcasas) no ha desaparecido.

La movida comenzó en Japón con el nombre de kyosho jutaku y surgió como una solución a problemas económicos de accesibilidad a la vivienda. Pero la tendencia ha ido puliendo sus aristas hasta postularse como un modo de vida cuyas motivaciones se mueven también en la órbita de la preocupación medioambiental y de la necesidad de independencia y desarraigo cada vez más presente en las nuevas generaciones.

Además, los diseñadores y arquitectos entraron en el mundo de las microcasas, seducidos por el reto creativo que supone, así como por las posibilidades de negocio. El arquitecto italiano Renzo Piano expuso en el Museo del Diseño de Vitra una casa de ocho metros cuadrados.

Contenía cocina, ducha, cama, armario, mesa, un sistema de abastecimiento eléctrico y de reciclado de agua de lluvia. Susana Scarabicchi, arquitecta del equipo de Piano, defendía el diseño: «Se trata de sentir la naturaleza y disfrutar del silencio, aislado y protegido. Un lugar donde pensar, leer, trabajar».

 

Estas pequeñas cajas deben aislarse a conciencia y trabajar mucho la estanquidad. «La fachada y la cubierta deben ventilar para que haya un colchón de aire; debemos usar colores claros para reflejar el máximo de radiación solar. No puedes tener un ventanal al sur por el que te entre el sol y ponerle una cortina, así entra mucho calor. Lo que hacemos es crear un alero o un voladizo para que esa zona permanezca en sombra»,  detalla. No son técnicas nuevas, pertenecen a la arquitectura de siempre, pero «en una pequeña casa hay que afinar todos esos parámetros».

Como cualquier fenómeno que se propaga en los comienzos del siglo XXI, han surgido defensores que vinculan esta forma de vida con la obtención de una felicidad casi automática o de una libertad sin límites. Se ha alentado al espíritu nómada diciendo que con estas casas, en tanto que son transportables, uno puede vivir una semana en la playa y a la otra en un bosque.