MARTINA GUSMÁN ESTUDIÓ ACTUACIÓN DESDE LOS SIETE AÑOS, PERO SUS PRIMEROS PASOS LOS DIO COMO PRODUCTORA Y CREÓ JUNTO AL DIRECTOR PABLO TRAPERO MATANZA CINE. ADEMÁS DE SER SU MARIDO, ES SU SOCIO Y JUNTOS IDEARON PELÍCULAS DONDE ELLA COMENZÓ A DESARROLLAR SU FACETA ACTORAL CON IMPORTANTES PROTAGÓNICOS. LOGRÓ GRANDES ÉXITOS COMO LEONERA, CARANCHO Y ELEFANTE BLANCO Y EN EL 2011 FUE JURADO EN EL FESTIVAL DE CANNES. HOY,  SE LUCE EN LA SERIE EL MARGINAL Y EN TEATRO CON FALLADAS

Texto. Florencia Garibaldi / Fotos. Monstruo Estudio


Tu papá es profesor de teatro y tu mamá vestuarista de cine. ¿Nunca te agarró la típica rebeldía adolescente de ir contra los mandatos parentales?

En mi casa decían: “La nena va a ser actriz”. Y yo también lo pensaba. A los 19 años me agarró una crisis existencial. Había terminado la etapa de estudio y estaba dejando lo lúdico de la actuación para enfrentarme al show off y no me sentía cómoda. Prefería quedarme con esa parte lúdica con la cual me había criado. Me fui a Europa un año y cuando volví al país, mi mamá estaba trabajando con una publicidad internacional y me dijo que estaban buscando Meritorios de Producción. Ahí, descubrí una nueva faceta que tiene que ver con la organización, con algo más metódico y me dediqué eso. Me convocaron para trabajar en el Festival de Mar del Plata, y arranqué a hacer producción en cine. La actuación la seguí, pero como un hobby.

¿Fue Pablo el que vio el germen de la actriz que tenías adentro?

Cuando volví de Mar del Plata, Pablo estaba buscando gente para su productora, que era más antro que productora (risas), pero que construyó un montón de proyectos buenísimos como Pizza, Birra, Faso y Mundo Grúa. Pero él quería alguien que lo ayude a hacer películas propias como fue El Bonaerense. Así fue como empecé a trabajar en cine con él. Armamos juntos Matanza Cine y luego devenimos en pareja. Empezó a ver las cosas de actuación que yo hacía por hobby y me pidió que vuelva a actuar, y no quise. En el medio nació nuestro hijo y él me seguía insistiendo. Hicimos Familia Rodante y después con Nacido y Criado me pidió que arme un personaje chico. Probamos cómo sería esta nueva relación de director/actriz. No sabíamos igual como era no trabajar juntos (se ríe). Descubrimos que había algo muy bueno sin explorar y armamos Leonera. Mi camino fue inverso, necesité pelearme con la actuación para encontrar mi lugar de productora y después ser la productora de mi actriz. Así hallé el sitio que me interesaba en la actuación y siento que me enriqueció un montón para entender los proyectos con una visión más macro.

“Necesité pelearme con la actuación para encontrar mi lugar de productora y después ser la productora de mi actriz. Me enriqueció un montón para entender los proyectos con una visión más macro”

Tu método de preparación de un personaje es conocido por la investigación exhaustiva. Como por ejemplo en Carancho, que pasaste seis meses en un hospital, para poder naturalizar la profesión de médico.

Es lo que más me gusta, poder vivir esas vidas que jamás podría vivir, y representar sus historias. Que tengan un contexto social, no es excluyente, pero si lo tienen lo exploro un montón. Hay algo de todo eso que me atrae porque la actuación sola me queda chica. En Carancho me pasó como en Leonera, me quería sacar todos los preconceptos que tenía, porque al igual que la cárcel, son mundos que no conocía. Me eran ajenos. En una prisión por ejemplo cuando entrás se te modifican los cinco sentidos y estás en situación de encierro. Hay algo que tiene que ver con lo vivencial que es diferente a que te lo cuenten. Si bien un médico es más accesible que una presa, hay situaciones que tenían que salir como naturales, como si anduviese en bicicleta. Una de las escenas de amor más lindas, es cuando estoy cociendo a Ricardo (Darín) y ahí lo que pasa es la seducción entre ambos y el que lo esté cociendo para ella tenía que ser normal. Entonces hice un curso de reanimación cardiopulmonar, suturé de verdad y quería sentir físicamente ese cansancio de guardia. Las ojeras las maquillás, pero hay algo que tiene que ver con el tempo dramático, que debía representar a esta mujer anestesiada ante tanto dolor. Quería experimentar lo que era estar en una guardia durante 24 horas con el mismo grupo de gente.

En Elefante Blanco hiciste de asistente social, el mismo rol que te tocó en El Marginal. ¿Te ayudó esta experiencia previa en una serie que tiene una temática muy Trapero?

Luciana de Elefante Blanco era más cercana a mí. Milité en una villa cuando era chica, entre los 14 y los 18 años. Daba clases de apoyo escolar. Entonces me agarré de ahí, además de hablar con un montón de asistentes sociales. Eso me ayudó mucho con El Marginal. El personaje en un principio estaba pensado como más lineal, y si bien aportaba un poco de luz en la historia, cuando quedé embarazada y decidieron usarlo le otorgó una dualidad entre lo turbio de la cárcel y estar ella ahí adentro siendo madre soltera.

Volviste a trabajar con José María Muscari en Falladas. ¿Por qué te involucraste en algo diferente a lo que venís haciendo?

Después de que nació Lucero había decidido no trabajar. Incluso pasé películas para el año que viene. Me llamó José María y como era teatro, de miércoles a domingos una sola función que me implica sólo tres horas, y un proyecto que sentía que me podía aportar algo diferente, acepté. Es liviano para transitar, sin tanta carga emocional, pero a la vez un desafío. Me gusta participar en trabajos que siento que me van a aportar alguna modificación y que yo también puedo aportarle algo diferente. Que mejor que explorar el mundo de la comedia y el elenco es muy atractivo además.