Al igual que Sócrates se paseaba por las calles de Atenas y hablaba sobre temas que le preocupaban al hombre, Darío supo salir de lo académico y aplicar la filosofía a la vida cotidiana. De la misma manera en la que da una clase en la universidad, lo vemos en la televisión con su programa mentira la verdad, en el teatro con desencajados y en la radio.

Texto: Flor Garibaldi / Foto: Monstruo

Tuviste un contacto temprano con la filosofía. ¿Qué preguntas te hacías de chico?

No eran diferentes a las que se hace cualquiera. Lo que me pasó es que las pude potenciar, porque en mi casa me dieron el marco. Me compraban libros, no me reprimían. Es una faceta muy espontánea que tiene todo niño, a los cinco empiezan a darse las preguntas existenciales y lamentablemente son disuadidas. Hice la primaria en un colegio religioso que era muy dogmático, pero planteaban los temas que trata la filosofía. Por rebeldía me fui peleando con esos dogmas y de adolescente los fui encontrando en la literatura. Luego, descubrí la filosofía, donde ya son el objeto de estudio.

¿Cuál fue el filósofo que te sirvió como puerta de entrada?

Al principio fue la literatura y por la música. Con 14 años leía los cuentos de Julio Cortázar, que me habilitaron toda una zona de búsqueda de sentido, a partir de lo absurdo y las contradicciones. Por la música, fue con Luis Alberto Spinetta, cuyas canciones me pegaron mucho. A los 15, una bibliotecaria me dio para leer el primer libro de filosofía al cual accedí que es Humano, Demasiado Humano, de Friederich Nietzsche. Ese día me volvía en el subte leyendo y la sensación era que no entendía absolutamente nada pero estaba conmovido. Me tocaba algo. Desde ahí pensé a la filosofía como un arte más que como ciencia, porque te toca la sensibilidad más que la racionalidad.

En tu espectáculo Desencajados la música tiene un rol central. ¿Estás retomando ese vínculo temprano que encontraste entre las canciones y la filosofía?

Lo que intentamos es no caer en el lugar común del filósofo analizando letras de canción. Es una propuesta teatral donde hay un trabajo muy fuerte de ir entrelazando los textos filosóficos con las canciones del rock nacional más clásicas, para mostrar que ambos géneros están atravesados por la misma inquietud y que cada uno responde desde su formato. No encajamos los géneros, sino que los ponemos a dialogar. Eso genera una experiencia estética, que es nuestra marca.

Un poco lo que venís haciendo en la televisión con Mentira la Verdad, de poder transpolar la filosofía a otros géneros…

Buscaba hacer de la filosofía algo entretenido, provocativo, irreverente y que sea apropiable por los jóvenes para repensar su vida cotidiana. Ese fue un logro. Había ya otros programas pero más clásicos. Explotó mucho en la pantalla pero más transmediáticamente en las redes. Hay mucha circulación, no sólo en YouTube o en la página, fue distribuido a todos los colegios de la Argentina. Tiene un uso muy importante en el aula. No es algo accesorio. El 33% de la gente que lo ve pertenece a la red escolar.

¿Qué sucede con el rechazo de la Academia por la divulgación?

Las instituciones de por sí buscan conservar lo que hay y cuando se genera algún tipo de apertura, se produce una polémica. En el caso de la Academia me parece que fueron cambiando los tiempos. Hoy ya no le resulta tan urticante que haya divulgación científica. Además, no hago divulgación que cae en la banalidad o que pierde rigor. Me interesa mostrar que los contenidos de la Academia pueden y deben ser transmitidos a todo público. El saber filosófico se puede hacer para un público masivo sin que sea inferior a lo académico. La Academia termina en investigaciones donde se discuten problemas que son muy propio del detalle erudito del corpus, ese tipo de saber es inbajable. ¿Qué nos interesa divulgar? ¿La discusión acerca del concepto de alma en griego a lo largo de la filosofía pre socrática? No. Ahora la idea de alma es muy interesante para trabajar y ver cómo a lo largo de la historia se ha ido transformando en la idea del yo. Eso es algo que laburás con un público más amplio y los ayuda a pensarse a sí mismos.

¿Por qué siempre decís que es fácil ponerse a pensar en momentos de crisis y no en épocas donde no pasa nada?

Lo interesante y lo más desafiante es hacer filosofía cuando todo funciona bien. Porque cuando todo se está yendo a la mierda, te planteas los fundamentos. Si estás separándote de tu pareja te preguntás qué es el amor, por qué necesito de otro, cómo me relaciono con otro. Cuando estás bien dejás de cuestionar. Me interesa una filosofía que ejerza su poder de cuestionamiento cuando todo funciona bien, porque eso implica que estamos obturando todas las otras posibilidades que tiene cualquier fenómeno. La filosofía debe interpelar, inquirir, cuestionar el status quo, cuando parece que no hay problemas. Porque la filosofía crea problemas, su tarea es problematizar. Un filósofo norteamericano decía que la filosofía es como rascarse donde no pica. Un ejercicio de permanente auto molestia donde estamos todo el tiempo preguntándonos donde no debemos.