El gran salto a la fama lo dio por ser el representante del “Diez”, pero luego de la ruptura de ese matrimonio emblema del fútbol, se pudo comprobar que detrás de un grande, tiene que haber otro sosteniendo la estructura.      

TXT. Florencia Garibaldi / PH. Nicolás de Caro

Llegamos unos minutos antes de la hora pactada y Guillote aún no estaba en su oficina. Nos invitan a pasar para esperarlo, y nunca hubiésemos imaginado que en la monotonía del cemento porteño, se escondía aquel espacio que era Coppola cien por ciento: camisetas de Boca enmarcadas, infinidades de fotos en las paredes y revistas donde había salido, pero sobre todo, fantasmas que susurran miles de anécdotas y aventuras. Apenas nos dijo hola, supimos que estábamos frente al hombre que a pesar de haber tocado el cielo con las manos,  también conoció la oscuridad del infierno. 

Jugaste en las inferiores de Racing, ¿por qué tu carrera como futbolista quedó ahí?

Nací para laburar. Empecé a los 15 años a trabajar en un banco, pero con la ilusión de ser un futbolista. A la vez, iba al colegio secundario. Era un chico de una familia trabajadora y humilde. El sueldo que ganaba era necesario en mi casa, y como mi madre quería que estudiara, tenía que dejar el fútbol porque no me alcanzaba el tiempo. Un día me llamó el técnico y me dijo que mis padres estaban preocupados porque yo tenía muchas actividades, y que tenía que dejar una de las tres cosas. No me quedó alternativa. Que él me viniese a hablar de eso significaba que me estaba limpiando y así fue como se me frustró uno de los sueños de la infancia.

Pero la vida te dio una recompensa cuando te tocó formar parte de un partido en la primera de Boca…

Sí, al final pude cumplir mi sueño y de una manera grandiosa porque me lo regalaron los jugadores. Lo que hicieron fue una sorpresa para mi cumpleaños. Nos sacamos la foto de equipo y cuando me voy a cambiar, Antonio Rattín, que era el DT, me dice “Quedate acá a ver si nos das suerte”. Boca ganaba 4-0 y todo el equipo se vino al banco, me di cuenta que algo pasaba porque decían “Dale Rata ponelo ahora”. Entonces me mandó a calentar y salí a la cancha. No me podía mover, estaba duro (risas). La gente gritaba “¿A quién pusiste, a Cristobal Colón?” porque tenía pelo largo y bucles. En un momento me pasaron la pelota, estaba solo adelantado veinte metros y el árbitro me dejó seguir, se me achicó el arco y pegó en el palo.

¿Cómo llegaste a convertirte en representante de jugadores en un momento en que este trabajo per se no existía?

Mi llegada tiene esa pizca de suerte y de oportunidad, que existe en todos los órdenes de la vida. Un día me llamó el Presidente del banco y pensé que era porque su secretaria era una de mis novias del lugar. Cuando entré lo ví con el futbolista Vicente Alberto Pernía y quedé a cargo de atenderlo. De esa forma generamos una amistad. Al empezar a ir a La Candela, noté que había muchos jugadores jóvenes del interior, como es el caso de Marcelo Trobbiani, de Arequito y Hugo Paulino Sánchez, de Corrientes, que guardaban el dinero en las almohadas para llevar a sus padres cuando tuvieran tiempo libre y pudiesen viajar. Podía pasar un mes sin que los visitaran y les pregunté por qué hacían eso si en el banco había un servicio de transferencia que si depositaban el dinero a la mañana, a la tarde llegaba a sus casas. No lo podían creer. Ahí me di cuenta que el futbolista necesitaba a alguien. Empecé con Pernía, e inmediatamente con Alberto Tarantini. Siempre hubo entre ellos una disputa por quién fue el primero (risas).

¿Qué vio Maradona en vos para darte un rol tan fundamental en su carrera?

Diego vio lo que se venía hablando en fútbol. En el ’78 llevé a Tarantini al Birminghan City en Inglaterra después del Mundial, en el del ’82 llevé a Juan Barbas a Real Zaragoza en España. Todo eso se veía, pero lo que le llamó la atención fue un episodio en el que yo devolvía las monedas, hice una liquidación que eran tantas pesetas de vuelto. Diego estaba cerca, no me di cuenta que estaba mirando y me preguntó por qué daba hasta las monedas. Notó lo que vieron todos los que me llamaron: seriedad, trabajo y honestidad. Años después no sé porqué dudó y me encargué de despejarle esa duda, porque si algo me dejó mi viejo es poder andar por la calle como ando, con la cabeza bien alta y que todos los jugadores que manejé hablen maravillas de mí. Lo digo con orgullo, no es casualidad.

Con 200 jugadores bajo tu ala y 15 años al lado del Diego, ¿por qué crees que le están pegando tan duro a Sabella por los jugadores que seleccionó?

Creo que en el fútbol somos todos de alguna manera técnicos, nos sentimos parte y con derecho a criticar. Podemos opinar porque hay libertad de expresión, pero hay que hacerlo con conocimiento y respetar. La lista que armó Alejandro está bien, nada más que por decisión personal yo hubiese llevado a Carlitos Tévez, por personalidad, temperamento, experiencia y currículum. Me encanta igual la incorporación de Martín Demichelis. Por mi gusto futbolístico hubiese sumado también a Javier Pastore y a un arquero como Wilfredo Caballero.

En Napoli eras tan famoso, que cuando entrabas a la cancha te habían hecho una canción personalizada…

Me cantaban porque era un apéndice de Diego, la gente sentía que al verme a mí lo veían un poquito a él, salvando las distancias. Me llamo “rebotito”, porque siempre estuve al lado de alguien que me permitió ser conocido y trascendente. Primero fueron los jugadores antes de que llegara Diego, después también la mamá de mi segunda hija, Yuyito González, una mujer del espectáculo. Pero más que nada por estar tantos años al lado del más grande del mundo. Todo eso me permitió vivir las cosas de una forma diferente. Me cantaban “Capa Bianca, Capa Bianca” cada vez que jugaban de local y yo iba del vestuario a mi asiento de la tribuna. Pero después ese cántico de alegría y distinción se convirtió en “Capa Bianca fillio di putana”. Pasaron del “oh! oh!” al hijo de puta.

En una entrevista una vez te preguntaron si para vos la pelota se mancha y respondiste que estás del lado de la pelota limpia. ¿Qué significa esta expresión?

No, estoy del lado del fútbol en realidad. Que es tan lindo y limpio. Nunca fui dirigente, estuve de la otra vereda, pero entiendo que es gente que le mete muchas horas de su tiempo a una actividad que les gusta, sino no lo harían. “Yo me equivoqué y pagué. La pelota no se mancha” es una frase histórica de Diego, el más grande. Muchas veces me preguntan cómo después de todo lo que pasó sigo hablando bien de él, y ¿por qué voy a hablar mal? ¿Por qué un día dijo que le robé? Si yo sabía que no. No lo celebro, eso me dolió, pero no modifica mi pensamiento ni me sentimiento hacia él.

Sos jugador, conocés muchísimo del deporte y las características de los futbolistas, ¿por qué nunca fuiste por el lado de dirigir un equipo?

Nunca quise ser DT. Lo que sí me gustaría es ser Director Deportivo o manager de Boca, o de un club, si es de Boca mejor. Entiendo que tengo la capacidad de hacerlo y haber vivido tanto tiempo afuera me dio la posibilidad de generar un vínculo permanente con los directores de los clubes más grandes del mundo: Barcelona, Juventus, Real Madrid, Milan, Inter. Los recibía en Napoli y no solo negociaba con ellos, sino que también convivía. Todavía no me convocaron, es mi asignatura pendiente y si me preguntan si me estoy postulando, respondo que sí, me estoy postulando.