Fernando Peña

Fernando Peña es Actor, dramaturgo, guionista, conductor de radio y televisión, escritor, blogger, ex tripulante de aviación comercial, confeso portador de HIV, coleccionista de cuchillos, vecino de San Isidro, homosexual, enemigo de la estupidez, bon vivant, idealista, controvertido, lúdico, ácido, verborrágico, exigente y pasional. Pero por sobre cualquier rótulo, una de las voces más inteligentes en medio del griterío nacional. Damas y caballeros, el más border de todos.

txt. Mariano Buren+Leandro Serjai+Julieta Schulkin / Ph. Mariano Michkin


“Te odio Peña, odio tu plata, tu casa, tus coches, tu historia. Odio a la gente como vos. Sos un forro, la jugás de trasgresor y vivís en San Isidro”, escupió el piquetero oficialista Luis D´Elía durante la emisión de “El Parquímetro” inmediatamente posterior al cacerolazo porteño en contra del Gobierno. Y colgó el teléfono, dejando amputada una entrevista radial que prometía un duelo memorable a partir del “Hola Sorete” con que se habían saludado mutuamente. Pero había espacio para algo más: a los pocos días, el líder de la Federación de Tierra y Vivienda aseguró en otra FM que Fernando Peña “no merece siquiera ser puto, porque los putos son buena gente”. ¿Diferencia sociopolítica, problema personal o dilema de otra clase?

Si bien ya se dijo suficiente sobre este affaire, vale la pena remarcar un detalle que quizás escapó a la lucidez del dirigente kirchnerista. Con sus arranques de furia, D´Elía se transformó en presa de una de las trampas favoritas del actor, dramaturgo y conductor radial más controvertido de la Argentina: forzar las palabras propias y ajenas hasta los límites de la tolerancia, para dejar en evidencia la sustancia real que habita en cada persona. El piquetero, sin dudas a su pesar, confesó al aire cuál es el material con que están construidos sus pensamientos. Y perdió, por supuesto, como tantos otros que decidieron enfrentarse con este verdadero coleccionista de palabras, frases y conceptos.

Es que Fernando Peña, independientemente del afecto o rechazo que pueda generar, tiene la facilidad de montar sus universos en la zona que la mayoría de la gente considera como el borde de la realidad. Y desde ahí señala con una mueca ácida cada una de las malformaciones de lo que, en teoría, es normal. Dice lo que muchos piensan pero silencian. A través de la radio, el teatro, los libros o la web, realiza incisiones en la adormecida piel de un país que no tolera demasiado las situaciones filosas. De algún modo su trabajo artístico superó el rol de entretenimiento para ser una improvisada sesión de Psicología social.

¿Te casarías con vos mismo?

Por supuesto. Ya me casé conmigo mismo. Creo que fue a los dieciséis, el día que decidí irme de mi casa.

¿Y cómo fue esa fuga?

Ese día yo decidí ser persona, romper con el título de hijo. Porque ese título nos empañaba la realidad, a mí y a mis padres. A mí, por sobre todas las cosas, que estaba olvidándome de ser persona. Entonces me tomé un tren y me fui. La fuga es, en cierta forma, la libertad. Es ganarse el derecho a ser. Porque es una decisión muy personal, de decir: “Bueno, estoy solo conmigo mismo, a ver qué hacemos los dos”. Éramos yo y mi yo contra el mundo.

Entre tantos “Yo”, ¿hay algo que te enamore de vos?

Sí, mi diálogo conmigo mismo. La clave es no hacerse el boludo. Lo que pasa es que el poder de uno sobre uno es muy peligroso. Uno siempre sabe lo que le pasa.

“No creo en el amor del oyente, ni del público, ni de nada. Puede haber berretines, pero no es enamoramiento. El público que me consume me quiere mal. Pero no es una crítica. Yo también quiero mal a la gente a la cual consumo”.

Si te enamora tu propio diálogo, ¿qué enamora a los demás?

Nada. Yo no veo mucha gente ena-morada de mí.

¿Tus oyentes?

No creo en el amor del oyente, ni del público. Puede haber berretines, pero no enamoramiento. El público que me consume me quiere mal. Pero no es una crítica. Yo también quiero mal a la gente a la cual consumo.

Desde los dieciséis hasta hoy, ¿qué fuiste aprendiendo del amor?

Sí, aprendí que es coger. Creo que cuando el sexo muere, instantáneamente muere el amor. El amor para mí es simplemente el sexo. No hay otra historia.

Además de los personajes que mostrás en radio o teatro, ¿qué otros seres que no conocemos habitan en vos?

Creo que ninguno, que están todos contenidos ahí. Después, sí, hay tres Fernando Peña que son el cruel, el bueno y el objetivo.

¿Cuál de ellos nos tocó hoy?

(Sonríe) Eso es cuando escribo, porque en una obra de teatro tienen que estar esas tres cosas. No podés narrar ni escribir ni relatar nada si no tenés un bueno, un malo y un juez. Y yo no escribo solamente desde lo que siento. Me corro y lo miro desde otro lugar.

¿Hay una inspiración en común para los tres?

Me inspiran las conductas universales. La falta de comunicación, por ejemplo. La vergüenza a escucharse, a mostrar la esencia, los sentimientos. Siento que nos vamos enredando en silencio y eso es muy peligroso.

O sea que una de tus conclusiones es que la gente podría ser muchísimo más simple si lo intentara.

Sí, pero ser más simple es muy complicado.

Varias veces mencionaste tu intolerancia a la tontería ajena, ¿cuál sería tu parte tonta?

Sería muy pedante si te dijera que no tengo, pero la trabajo mucho, automáticamente la reprimo. Me pasa que, a veces, tengo ganas de ir al supermercado y no voy porque tengo miedo o vergüenza de que la gente me vea, y digo: “Qué estúpido”. Mi parte estúpida es cuando dejo de vivir por los demás.

¿Pensaste en hacer algo para combatir tanta estupidez?

Soy un entretenedor, ningún Mesías, ningún comunicador. Yo cumplo con lo mío, que es entretener. Después, lo demás, no tengo interés en hacerlo. Además sé que mi tiempo universal es muy corto. Yo ya me voy. ¿Qué me quedaran? ¿Veinte años? Con suerte. ¿Treinta? Ya está, qué me importa. Soy muy egoísta en eso. Se viene la catástrofe infernal para todos los chicos que ahora tienen un año. Ni en pedo me gustaría tener esa edad. ¡Qué suerte que soy viejo! (Se ríe). El mundo está muy feo, muy loco. La gente está estúpida. No piensa, no lee, no sabe lo que es la Psicología, el humanismo, la naturaleza, el espacio astral, no sabe nada.

¿Los más jóvenes tampoco?

Tampoco. Y aunque suene a viejo, los jóvenes sólo saben de pulsiones cortas. No saben lo que es el amor, el romanticismo, el buen sexo, la buena comida. Ahora todo es descarte, y eso es una catástrofe. Hay que ser un artesano de la vida. No podés tomarla como viene. Tenés que hacerla vos y participar todo el tiempo. Y yo no veo que los chicos sean artesanos. No hay un compromiso, una cosa testa-   ruda, de dolor, pasión, de que se caiga la pared y volver a construirla. Ahora es: “Se cayó, y bue…”. A mí me daría mucho miedo vivir como ellos.

¿Y cómo querés vivir?

Eventualmente quiero dejar la radio, soltar los personajes y dedicarme a mi espacio teatral. De todas maneras todavía no llegó el momento en el cual me pueda relajar en lo que realmente soy yo, que es la dramaturgia. El teatro que me gusta hacer no da plata, porque aborda el drama bien comprometido, la vida estudiada, las reacciones humanas, los vínculos, los amores, las muertes. Me gusta mucho estudiar al ser humano y los porqués. Y en general la gente le huye a eso.

Considerando que la gente está menos interesada en ejercitar la cabeza, ¿no se va a generar cada vez más distancia entre el público y estas obras dramáticas?  

Puede ser.

¿Estás dispuesto a ser un incomprendido total?

No, total no, siempre hay alguien. Siempre va a quedar un último espectador. Es más: sueño que quede un último espectador y yo.

¿Qué otros sueños pendientes tenés?

Tirarme en paracaídas. Ya lo hice, pero quisiera otra vez y no me animo. La persona con la cual me tiré, a los meses se mató en un vuelo. Y me dio mucho miedo, se me prendió un semáforo amarillo enorme. Y tengo ganas otra vez y no me animo. Pero cosas sustanciales y enormes, no. Básicamente está todo hecho.

¿Hasta qué punto tu cabeza respeta tu cuerpo?

Mi cuerpo me rige totalmente. Tengo cosas físicas que no puedo sostener.

¿Por ejemplo?

De todo. Soy muy físico. De hecho en el ciclo de Canal Siete tiré un oso al río durante una grabación, y el director, enervado, me preguntó por qué lo había hecho. Y quise ser muy sincero en la respuesta y me salió: “Me lo pidió el cuer-po”. El tipo se quedó mudo y eso quedó grabado. Y en el último programa hicieron remeras que decían “Peña Staff” atrás y adelante estaba la frase “Me lo pidió el cuerpo”. Sí, el cuerpo me lo pide todo el tiempo.