LA NUEVA PELÍCULA DEL DIRECTOR DE CINE ESPAÑOL, ALEX DE LA IGLESIA, LOGRA REUNIR EN UN MISMO ESPACIO Y TIEMPO A UN GRUPO DE PERSONAJES MUY DIFERENTES ENTRE SÍ, COMO SI FUESEN UNA PEQUEÑA MUESTRA DE LA SOCIEDAD, Y LOS SOMETE A VIVIR UNA EXPERIENCIA QUE LOS LLEVA AL LÍMITE DE SU HUMANIDAD. BAJO LA PREMISA DE “SÁLVESE QUIEN PUEDA” O DE LA “SUPERVIVENCIA DEL MÁS FUERTE”, EN EL BAR, SE PUEDE VER QUE AL FIN Y AL CABO SOMOS IGUALES Y QUE ADENTRO NUESTRO TODOS TENEMOS UN LADO OSCURO.

Texto. Florencia Garibaldi / Foto. Monstruo Estudio


La película transcurre en un bar, que es una recreación de uno que existe en la vida real. Lo que atraviesa la historia es el encierro, que hace apología a la vida real, a las instituciones del encierro como son la escuela, el trabajo, los hospitales. ¿Por qué mostrar al bar como una prisión?

Es un truco narrativo como cualquier otro. El asunto se centra si quieres que el público se concentre en una historia y se sienta más o menos identificado con los personajes, que de alguna manera le suene. Lo bueno es encontrar un elemento en común, que en este caso es el encierro, simbolizado y simplificado en algo absurdo como es el bar. Espero que el espectador sienta que la historia es suya. Porque de pronto los personajes se abocan a una serie de comportamientos que coinciden con los que tenemos día a día. En el fondo todos tenemos una vida, trabajamos de tal cosa, pero es muy difícil cambiar, salir de tu vida y entrar en otra. Decir: “Me voy a dedicar a la caza del diamante en Guinea”. Es jodido dejar de ser tú mismo y pasar a ser otra persona. El bar de pronto se convierte en una imagen del mundo donde metes a los personajes como si fuesen figuritas en un juego de mesa y haces que se den cuenta que pasa eso, que no pueden salir ni cambiar su forma de ser. Luego, en el segundo y tercer acto se van dando cuenta que el problema no es que ellos quieran ser otra cosa, sino que ellos no son lo que creían, se van descubriendo y se dan cuenta que hacen cosas que no se atrevían. La terrible conclusión es que al final da igual quién eres, a qué te dedicas o cómo es tu vida. El infierno está dentro de cada uno y no necesitas a nadie más para encontrarte con el sentido de la existencia.

¿Por qué elegiste esa locación específica?

Porque es un símbolo, una imagen del mundo. El lugar donde todos podemos entrar y hablamos con el camarero, pero no nos relacionamos con los demás. Hay personas cercanas a nosotros, a centímetros y no nos molesta. Al mismo tiempo existe la cercanía y la distancia, como pasa en la sociedad. Vivimos con mucha gente con la cual no hablamos y que tampoco tenemos ganas de hablar. Solamente los accidentes nos llevan a comunicarnos. En la película, si todos se hubiesen puesto de acuerdo cuando surgieron los problemas en vez de confrontarse y formar dos bandos, las cosas hubiesen salido mejor.

Incluso lo primero que hacen es sacar a flote los prejuicios, al que tiene barba le dicen que es un terrorista…

Cada uno reacciona con prejuicios. Inmediatamente aparece tu background que te hace odiar al mendigo o rechazarlo. O los que piensan: “Yo no debería estar acá”. Conozco mucha gente que piensa así, que no le gusta el mundo en el que vive.

Al ser llevados todos al límite, ¿por qué les aflora la oscuridad?

Hay una especie de descenso a los infiernos. En un principio está el primer nivel de conocimiento en el que los personajes están en su vida, es la superficie, la tierra. Ahí se mueven y piensan que el mal está lejos de ellos, al otro lado del escaparate. Como todos nosotros, creemos que no tenemos los problemas de la sociedad. Sino que están encarnados en Donald Trump (presidente de Estados Unidos), el hambre, los bancos, el sistema, los Iluminatis. El mal es algo abstracto. En el segundo nivel, los personajes van hacia abajo, se desnudan, se quitan esa especie de filtro absurdo que les hace pensar que las cosas son de una determinada manera. Ahí se dan cuenta que el problema está entre ellos, en el barrio o en una determinada comunidad. Eso es el almacén en la película. Hay un tercer paso, tienen que pasar por el orto del demonio (se ríe), por el agujero y llegar en el infierno. Allí ya no hay nada, ni nadie, están solos en la oscuridad y enfrentados entre ellos. Los culpables son ellos mismos. Cada uno resuelve su personaje porque no le queda otra.

¿La cloaca sirve de metáfora para lo infernal?

Sí. La cloaca es nuestro estómago, el alma humana. Porque el alma no está en el corazón (risas).

Al comienzo, los personajes son muy disimiles entre sí, con personalidades muy marcadas, cada uno con su look particular, clases sociales diferentes. Hay un mendigo, un hipster. Pero al final cuando se despojan de todo lo externo, quedan desnudos, son todos iguales. ¿Cómo los atraviesa el miedo?

Es una especie de La Aventura del Poseidón pero en pequeñito (risas). Ese tipo de película catastrófica de los 70, en la que un grupo de gente se ve abocada a darlo todo para sobrevivir en un entorno hostil. Pero en vez de una catástrofe, con una anécdota cotidiana. Normalmente siempre buscamos una excusa para tener miedo, un monstruo, un psicópata. En este caso es una situación, que es intangible. De pronto el monstruo es el mismo miedo.

Mostrás a los personajes enajenados en sí mismos. ¿Tiene relación con el individualismo postmoderno?

Sin tener la necesidad de ponerle etiquetas, vivimos en un entorno en que el miedo es el protagonista de todas nuestras acciones. No hay manera de hacer nada sin que el miedo no esté presente. Si hablas con alguien, ya tienes miedo a que te malinterprete, si cuelgas un tweet sabes que vas a tener 30 mil detractores o tener un problema con la ley. La vida diaria se establece en base a una serie de normas cada vez más angustiosas y el miedo es el protagonista constante. Puede aparecer un terrorista que acabe con nuestras vidas en un segundo. Hay que asumir que el miedo forma parte de nuestras vidas y el que vive en el miedo es el que sobrevive. Hay miedo y deberíamos jodernos. En Siria no están muy preocupados por el terrorismo porque viven en eso, la guerra, la miseria y la muerte son constantes. En el bar, el indigente es un tipo que todos los días va a morir. Duerme por la noche envuelto en cartones y al día siguiente por la mañana tiene que tomar un vaso de agua ardiente para activar la circulación sanguínea. Al final, en el tercer acto, es el que se encuentra más a gusto. Es el único al que no le resulta extraño vivir con miedo.

Claro, sabe cómo actuar y sacar ventaja sobre los demás. Es uno de los personajes más interesantes, que recita todo el tiempo frases bíblicas pero de forma satánica y apocalíptica. Cuando hiciste tu trabajo de campo, conociste un mendigo en el que estuvo inspirado Israel. ¿Cómo es la historia real?

Estaba sentado y de pronto entra un loco, da un portazo bruto y empieza a hablar en un idioma ilegible. Creo que sería del norte de África. Este hombre prácticamente entra para matarnos. Sin embargo, Loli, la dueña del bar y el alter ego de Terele Pávez, estaba en la barra y le cruza la cara de una bofetada. Le pide que sea la última vez que entra gritando, lo sienta y le da un vaso de agua ardiente. Que es lo que se ve en la película. Este hombre se convierte en un peluche, se tranquiliza y de pronto se vuelve hasta tierno. Lo que no cuenta el film es que este hombre murió. Loli lo encontró en la calle, lo llevó al hospital y estuvo una semana hasta que falleció.

Luego de ver la película, queda preguntarse: ¿De qué somos capaces los seres humanos?

Me preocupa más de lo que no somos capaces. No somos capaces de reconocer como son las cosas y somos capaces de inventarnos cualquier excusa. La cultura es una enorme excusa para no reconocer como son las cosas realmente. No soy capaz de reconocer nada de una forma directa y me invento lo que sea necesario: un libro, una religión, un filósofo, un parque de atracciones, las películas de Steven Spielberg (cineasta). Todo eso para ser felices. Lo que me preocupa es “Hola, me voy a morir” y “Estos cabrones quieren matarme”.